A solas con la Cibelina. N.º 673 (año XXXI)
Por ANGEL DEL RIO. Cronista Oficial de Getafe
Algo nos toca en el alma al ver a Pedro llorar
Andaba yo extrañado y confundido porque en los semáforos de las calles y de las entradas y salidas a Getafe habían desaparecido, como abducidos, todos los pañueleros ambulantes; es decir, esos menesterosos que ofrecen paquetitos de pañuelos de papel a cambio de la voluntad del conductor o del viandante.
Extrañado y confundido, hasta que fui a desembocar en la plaza de la Constitución, que es ese espacio con un gran pedrusco cúbico de granito en el centro que tiene como telón de fondo el edificio del Ayuntamiento de Getafe. Y ¡oh, sorpresa!, allí estaban todos. Al principio entendí que era una manifestación de pañueleros que protestaban porque cada vez los policías municipales les ponen más trabas para que puedan ejercer la venta ambulante; pero no, no era eso. Estaban todos formando cola vestidos de pastorcillos que iban a ofrecer al niño Pedro, al alcalde de alcaldes, su humilde presente de pañuelos de papel, sabedores de que en estas fechas el señor Castro se nos pone más sensible que de costumbre, se emociona con cualquier cosa, y rompe a llorar.
Llora por todas partes. Aquí y allá. En su despacho y en la calle de Ferraz; ante los suyos de aquí y de los que cree suyos de allí. ¿Por qué esa honda pena que aflige y desborda las lágrimas de nuestro sensible alcalde? ¿Por culpa de una traición? ¿De las amistades peligrosas? ¿De los amigos de ayer y enemigos de hoy? ¿De las miserias de la política? ¿De las frustraciones o los cálculos erróneos en las apuestas personales?
Un día Pedro Castro se fue a llorar al despacho del secretario de Organización de su partido, Marcelino Iglesias, porque, presuntamente, su ex amigo y ex uña de su carne, Tomás Gómez, quería obligarle a que renunciara a ser candidato a la alcaldía de Getafe por octava vez. Ahora vuelve a llorar por culpa de Gómez, porque según informaciones que se han publicado, su secretario general regional quiere buscarle las cosquillas y para eso ha podido encargar que le busquen papeles que le pueden poner contra las cuerdas a esta vitalicio alcalde de Getafe, veintinueve años en el cargo y con ánimo de seguir, al menos cuatro años más. Y Castro ha vuelto a ir llorando a Ferraz, para pedir una especie de amparo, de alguien que le libre de esas garras de Tomás Gómez, de las que él fue un día uña.
¡Pobre don Pedro! Hay que ver el calvario que está sufriendo en navidades. Confieso que me enternece la imagen de este alcalde-poeta, este alcalde de alcaldes, conseguidor de subvenciones, buen amigo de sus amigos colocados a dedo en el Ayuntamiento, encantado de bautizar calles y más calles con nombres propios de perfectos desconocidos en algunos casos; que pone una vela al dios amigo y al tiempo otra al diablo enemigo, con tal de alumbrarles el ego a ambos y mantener el suyo propio.
Lo siento, no puedo ver llorar a don Pedro I, el Sensible. ¿Qué puedo hacer por él? ¿Regalarle un alijo de clínex? ¿Contarle una de esas bonitas historias que a él le gusta escuchar, aunque sean mentira? ¿Ser pirómano de esos supuestos papeles que presuntamente podrían implicarle en algún asunto turbio? ¿Qué puedo hacer para enjugar las lágrimas de mi alcalde, si es que no puedo remediarlas? ¿Qué puedo hacer, Dios mío? “No llores por mí, Pedrito…”, le cantaría Tomás Gómez. Yo, sencilla, humildemente, sólo puedo ofrecerle el pequeño presente de un villancico:
El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pañueleros quieren ver a su rey,
a ese alcalde que lloró y lloró.
Sin remisión, sin remisión, sin remisión.
Hoy quisiera dejar a tus pies,
algún pañuelo que te pueda secar
el lloriqueo que no puede parar
y que te moja por completo la piel.
Lloro con él, lloro con él, lloro con él.



















